RUANDA: EL GENOCIDIO QUE PUDO EVITARSE

El 6 de abril de 1994 un misil derribó el avión del entonces presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana. La muerte del líder de la etnia hutu desencadenó una ola de violencia en contra de la etnia tutsi y opositores al régimen. Más de 800,000 tutsis murieron masacrados por la milicia y fuerzas gubernamentales de la etnia hutu durante 100 días. Se estima que cuatro de cada cinco tutsis que vivían en el país fueron asesinados. Estas cifras equivaldrían al 11% de la población total del país. Aunque el catalizador inmediato de los homicidios fue el derribo del avión del presidente Juvenal Habyarimana, el genocidio étnico en Ruanda se llevaba planeando desde hace mucho tiempo.

El conflicto étnico entre tutsis y hutus surge en la época colonial en donde alemanes y belgas teorizaban sobre las aparentes diferencias étnicas entre ambas poblaciones. Los tutsis y los hutus no eran muy diferentes entre sí, salvo que los tutsis solían ser un poco más altos. Los colonizadores arbitrariamente consideraron a los tutsis superiores al resto y se les favoreció en la esfera política. Posteriormente, el proceso de independencia de Ruanda se consolidó entorno a conceptos racistas y una sociedad desigual y poco organizada. Con la independencia, los privilegios de los tutsis terminaron y fueron desplazados de los cargos de mando. Los tutsis sufrieron de una fuerte discriminación sistemática para acceder a cargos y a empleos, así como a los servicios públicos, que les eran frecuentemente denegados. Además, hubo una escalada de las campañas de desinformación, discursos de odio, xenófobos y deshumanización del “otro”.

Después del genocidio de Ruanda nos vemos obligados a reflexionar y aprender las lecciones de una tragedia causada por la intolerancia étnica y un mal manejo militar por parte de la comunidad internacional. La primera lección que nos deja Ruanda es que el genocidio se pudo haber evitado. Un genocidio no ocurre de un día para el otro, sino que es el resultado de un proceso que requiere tiempo, planificación y recursos. Por ende, existían los medios para prevenirlo antes de que la situación escalara. Las señales de alarma eran claras desde un principio, pero no hubo un compromiso por parte de los actores internacionales para tomar las medidas necesarias. La ausencia de una reconciliación entre los distintos partidos de Ruanda y la falta de respuesta de la comunidad internacional hicieron que la tragedia fuera aún más cruel.

De igual manera, se demostró tener una comunidad internacional incapaz de hacer respetar sus propios compromisos con los derechos humanos al defender intereses de potencias internacionales a costa del sufrimiento de una nación entera. La inacción internacional jugó un papel crucial para que pudiera alcanzarse la cantidad de víctimas mortales ya que Naciones Unidas se vio sobrepasada por los hechos y no hubo una voluntad colectiva para poner fin a esta situación. La misión de Naciones Unidas en Ruanda carecía de tropas bien entrenadas y de material funcional. Ruanda, con ocho millones de habitantes, se convirtió en una inmensa fosa común ante la práctica pasividad de la comunidad internacional. 

Como consecuencia de estos fallos, surgió una reforma en la organización internacional y se creó el cargo de relator especial para le Prevención del Genocidio. De igual manera, se creó el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), el primero en dictar una sentencia por el crimen de genocidio. Actualmente Ruanda cuenta con una Cámara para Crímenes Internacionales que ha heredado este cometido. Asimismo, se han creado sistemas de alerta temprana, análisis y respuesta, la rendición de cuentas por los crímenes del pasado y medidas que ayuden a generar confianza entre las comunidades, ampliar la participación en el proceso de toma de decisiones y prevengan la proliferación de armas ligeras.

A pesar de las lecciones que nos dejaron los hechos en Ruanda, el mundo sigue presenciando incontables crímenes de derecho internacional y violaciones de derechos humanos sin que haya un compromiso claro por parte de las autoridades relevantes para actuar a tiempo cuando aparecen las primeras señales preocupantes. Muchos de estos crímenes han sido impulsados por las mismas tácticas de exclusión y demonización como es el caso de los recientes conflictos étnicos en Mali y las matanzas en contra del grupo étnico Rohingya en Myanmar. El fracaso de la comunidad internacional para dar una respuesta firme para detener los brotes de violencia dará lugar a que sigamos contando víctimas alrededor del mundo. Debemos exigir el fin de la política creadora de antagonismos del “nosotros” frente al “otro”.

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Alessia Ramponi © 2020