CARAVANA MIGRANTE: XENOFOBIA Y RACISMO

En cualquier parte del mundo, el tema de las migraciones y los extranjeros presenta una relevancia notable. Los movimientos migratorios han alcanzado proporciones inimaginables y, más que nunca, tienen un impacto directo en nuestra comunidad. La caravana migrante es un ejemplo de cómo las crisis migratorias se han salido de control dando lugar a severas consecuencias humanitarias. El problema se agrava cuando la palabra migrante equivale a la palabra delincuente y se coloca a los migrantes fuera de la responsabilidad moral. Como consecuencia, se erosiona todo sentimiento de solidaridad y compasión por aquellos que sufren y realmente requieren protección.

A raíz de la caravana migrante, las redes sociales y medios de comunicación se han llenado de discursos de odio y racismo derivados de la ignorancia y desinformación. Como todo problema social, son diversas las causas que han llevado a miles de centroamericanos a buscar refugio en países vecinos. Los integrantes de la caravana están huyendo de la miseria, la opresión, el terror, la extrema violencia y la exclusión social. La situación de estas personas es tan peligrosa, y muchas veces desconocida por los países receptores, que cruzan fronteras para buscar seguridad en países cercanos. Estas son personas a quienes negarles el refugio puede traerles consecuencias mortales. Independientemente de su lugar de origen, buscan un lugar dónde sentirse seguros, algo que muchas veces nosotros damos por sentado.

Muchas personas, desde su ignorancia y poca empatía, exigen que los migrantes se regresen a su país y que se les niegue la entrada. En este contexto, es importante recordar que México debe cumplir tanto con su legislación nacional como con sus tratados internacionales. Por ley, toda persona que forma parte de la caravana migrante tiene derecho a tener un acceso en un puerto de entrada al país para solicitar protección y que esta sea procesada debidamente. Según la ley mexicana, en caso de éxodo masivo, se les puede recibir y, una vez recibidos, se estudia caso por caso. Por otra parte, uno de los principios fundamentales establecidos en el derecho internacional es que los refugiados no deben ser expulsados o devueltos a las situaciones en las que sus vidas y su libertad puedan verse amenazadas. 

Vivimos en un país en donde el orden y la legalidad, en lugar de exigírselos a los políticos, se les exige a los extranjeros que van de paso y necesitan protección. Es absurdo pedir a los integrantes de esta caravana que entren sin violar la ley. Por naturaleza, los refugiados no traen papeles y México no podrá imponer sanciones penales por entrada o presencia ilegales a los refugiados a condición de que se presenten a las autoridades y aleguen causa justificada de su entrada. Por otra parte, México tiene el derecho y deber de establecer normas que regulen estos movimientos migratorios, siempre y cuando dichas normas tomen en consideración los derechos humanos y las condiciones para llevar una vida digna. En este sentido, todo refugiado tiene, respecto del país donde se encuentra, deberes que entrañan la obligación de acatar sus leyes y reglamentos, así como las medidas adoptadas para el mantenimiento del orden público.

Los problemas estructurales no se pueden arreglar individualmente y tanto el desplazamiento forzado como el refugio son fenómenos que requieren soluciones regionales. Por ende, a México sí le corresponde ayudar a estos extranjeros ya que tiene una responsabilidad jurídica y política en la solución de esta problemática. Se trata de brindar atención humanitaria a quienes necesitan refugio y protección internacional. ¿Cuántas de las veces que han visitado un país ha sido para salvar sus vidas o la de sus familias? Lamentablemente, la sociedad distingue entre los que pueden moverse físicamente a donde quieran, auténticos turistas, y los que son obligados a moverse en calidad de vagabundos. A estos viajeros, que se les niega el derecho de transformarse en turista, no se les permite quedarse quietos y no hay lugar que garantice su permanencia. A veces es difícil comprender que las personas no se exponen voluntariamente a peligros y que brindar ayuda o expulsar a los migrantes no va a solucionar ni mejorar la situación existente en nuestro país.

La realidad siempre nos da una cachetada en la cara y las imágenes que vemos a diario en las noticias y redes sociales nos demuestran cómo no todas las vidas valen lo mismo. En vez de vivir en un mundo de recelo y desconfianza debemos trabajar para que sea un mundo de apertura y solidaridad con los demás. Existe una gran necesidad de aportar buena voluntad, respeto mutuo y un rechazo compartido a toda forma de humillación humana. Me da esperanza pensar que somos más los mexicanos que creemos en la solidaridad y que el miedo artificial, la xenofobia y el racismo nunca serán la solución para este tipo de problemas. Es un hecho que no podemos hacer mucho contra fuerzas globales tan poderosas que han provocado estos movimientos migratorios forzados, pero sí podemos cambiar nuestra actitud y manera de expresarnos ante ellos.

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Alessia Ramponi © 2020